domingo, 10 de marzo de 2013

La última primera vez.


.

Nos dijimos tantas veces adiós
que despedirnos
significaba reinventar un reencuentro.

Era un precipicio con vistas al mar, 
y yo me hice adicta a las alturas
desde que la contemplé precipitarse sobre mí
desde el punto más alto de un sueño.
Era una espalda magullada
que desprendía felicidad al desplegarse, 
quizá por eso me adherí a ella:
era ese punto exacto de felicidad
que tiene la tristeza
y que nunca se encuentra.

Pero, entonces, ella.

La última primera vez que la vi
estaba de espaldas
-cómo no, 
ella siempre por delante del mundo-, 
y me tembló cada huella.
Se giró 
y con ella mis palabras, 
y nos abrazamos, 
como se abraza un niño al peluche
que le salva cada noche de las pesadillas,
como se abraza un cuerpo llovido y frío
a otro que le espera lleno de mantas, 
como se abraza al futuro quien ha perdido demasiado
a cambio de un poco, 
como se abrazan dos almas cansadas
que solo necesitan que sus huesos choquen.

Estaba tan guapa, 
tan guapa como la primera vez,
tan guapa como los finales tristes
que terminan con un beso, 
como esas tormentas que te ahogan
si no te mojan, 
tan guapa 
como esas mujeres que
-por fortuna o por desgracia- 
son para toda la vida.

Sueño tanto con ella
que verla es como seguir dormida.

Ella caminaba
y decía que los ayeres
nunca podrían convertirse en mañanas;
que cuando el reloj se rompe
de nada sirve darle cuerda;
que hay flores que duran un verano
porque la vida es así, 
y de nada vale ahogarles en agua
si ya es invierno.

Yo la escuchaba
como se escuchan algunas canciones:
leyéndola.
Verbalizaba todos mis motivos
en cada sorbo de café
-a veces se ausentaba
y era entonces 
cuando yo le deslizaba mis razones
sobre la mesa-.
Fue uno de esos momentos
en los que las palabras sobran.
Me explico:
cuando sabes el final de una película
y aún así vuelves a verla, 
es cuando te fijas en los detalles que guarda.
Y yo solo quería mirarla, 
una última primera vez más.
Porque, 
pese a todo,
sonreía.

Sonreía taladrando mi mirada
con sus ojos tristes.

Y así hasta su adiós me parecía bonito.


Después, 
devoramos cada migaja que dejamos
para no poder encontrar
el camino de vuelta a nosotras.
Pero, en medio del banquete,
le acaricié el pelo
y fue como tocar una nube:
nos caló los huesos.

La vi lloverse por dentro,
deshacerse hundida en mi hombro, 
alcanzar mis latidos, 
abandonar por un momento el camino
mirando mis ojos mirando su boca, 
suplicarme que (no) la dejara ir, 
respirarme el cuello
para coger aire, 
estrecharme
como si aferrándonos así
pudiéramos salvarnos, 
rendirse
de rodillas
ante todos los amores que no pueden ser
y sacrificarse
durante un instante
por ellos.

Estaba más bonita, más desnuda y más lluvia que nunca.

Cómo no iba a besarla.
Cómo no iba a deshacerme de todos los salvavidas
en su boca de agua
una última primera vez.




Al abrir los ojos
vislumbré su espalda vestida sin mis manos
-como la primera vez-
alejándose de otra vida,
zigzagueando entre su presente y mi futuro, 
recogiendo flores arrancadas
para recordarse que no podríamos
volver a querernos, 
con nuestra saliva aun latiendo en el corazón
y el silencio gritando 
en su boca ya cerrada.



Hay cosas que no pueden terminarse
porque nunca han comenzado.


lunes, 4 de marzo de 2013

Mamá, tú no cumples años, cumples sueños.


Llevas más de medio siglo 
a las espaldas
pero en tus ojos, 
algunos días,
a media tarde, 
cuando el reloj hace sombra 
con tu libro y el café, 
se te inundan los ojos de primaveras 
y por un momento parece 
que vuelves a estar en tu habitación de niña, 
que los rizos te sacuden los hombros 
mientras conquistas algún columpio
y los parques y los libros y la merienda
se convierten en tus mejores aliados.

Llevas a la espalda también 
varios cuerpos llenos de amor. 
Uno se enamoró de ti
como un loco poeta 
y dejó de mirar a la luna 
cada vez que tú abrías los ojos
-aún se le puede ver de noche 
con la ventana abierta 
mirando tu cara dormida-.
Otras
salieron de ti
como salen los milagros, 
apretando fuerte los puños
y cerrando los ojos, 
mientras tú abrías esas alas 
que no te caben en el pecho, 
y te amaron
-te aman-
incluso cuando vuelan lejos 
de tus brazos
porque tú les enseñaste a vivir.
Una de ellas 
es la belleza hecha carne, 
cómo no serlo si lleva tu cara 
y tus andares 
y esa mirada tan vuestra
que oculta tanto misterio 
que hasta los ciegos os quieren leer.
Otra
se sigue escondiendo detrás de tus piernas
cada vez que sale a la calle, 
busca tus dedos entre su pelo
porque solo tú 
le llenas el cabello de tanta ternura 
que sólo hay paz en su cabeza,
hunde la nariz en tu abrazo 
para tenerte 
cuando no estés en la habitación de al lado, 
llora cuando le explota el pecho izquierdo 
pero se le pasa al tercer latido
porque sabe 
que tú 
sigues 
ahí, 
que eres su casa, 
y que no hay mejor lugar 
que tú.

Lo que quiero decir, 
mamá, 
es que mientras tú cumples años
los demás cumplimos sueños contigo.

Verte reír
es un atentado contra las lágrimas;
verte vivir
es saber que ninguna guerra 
llegará a nuestras trincheras;
verte, 
en definitiva, 
es aprender el amor
y la vida.

No dejes de cumplir años, 
no dejes de cumplirnos,
no dejes de vivir.
No te vayas nunca, 
mamá.

lunes, 4 de febrero de 2013

Madrid sin nosotras no es Madrid.

(Esta vez, esta poesía vuela por las ondas. Para los curiosos: http://abrelasorejas.com/la-poesia-de-elvira-sastre/ Ojalá os guste.)


He vuelto a casa
y me he dado cuenta
de que Madrid no merece su nombre
desde que tú no estás,
pero bueno,
tú ya sabes que es más fácil hablar de ausencias
que sufrirlas.

Está todo como lo dejaste
-menos tú-,
aunque el cielo de este infierno
sea demasiado blanco desde que no lo sobrevuelas,
y las noches anden medio perdidas
porque no sé cómo explicarles
que ahora toca echarte de menos,
y mis manos se pregunten
por qué te he cambiado por los poemas
-ellas siempre te prefirieron a ti-.

El invierno ha venido sin bufanda
a mi calle
y no puedo negar
que el frío sin ti es solo un parte meteorológico, 
que si no las miras tú
las hojas de los árboles en vez de bailar
se marchitan, 
que las semanas ahora
solo son un cúmulo de planes vacíos
en vez de viajes alrededor de ti.

Madrid sin nosotras
no es Madrid,
amor,
sólo es un burdo intento
de parecerse a cualquier cosa
sin conseguirlo.
Como cantar en voz baja
o besar con los ojos abiertos.

domingo, 3 de febrero de 2013

Stendhal.


Quererte fue como apostar
al riesgo más alto
con todos los ases sobre la mesa
y las mangas vacías,
cruzar la carretera
con el semáforo en rojo
y los ojos cerrados,
escribir poemas
que nunca saldrán a la luz.

Fuiste un día de invierno
sin abrigo,
una alarma
que no volvió a sonar
después de apagarla por primera vez,
todas las quemaduras
que vienen después del fuego,
el único accidente
de una autopista vacía.

Pero quererte fue también
encontrar los puntos a todas las frases,
mirar directamente al sol
y conseguir no apartar la mirada,
encontrar unos ojos
que en vez de mirar en la misma dirección que yo
me miraran a mí.

Pero fuiste también
todas las canciones
que aún no había escuchado,
todas las estrellas fugaces
cazadas a primera vista,
la música
del primer baile de fin de curso,
una noche que se volvió
una vida llena de respuestas.


Fuiste como enamorarse
directamente de Stendhal
y olvidar el síndrome.

lunes, 28 de enero de 2013

Quiero hacer contigo todo lo que la poesía aún no ha escrito.

Cualquiera diría al verte
que los catastrofistas fallaron:
no era el fin del mundo lo que venía,
eras tú.


Te veo venir por el pasillo
como quien camina dos centímetros por encima del aire
pensando que nadie le ve.
Entras en mi casa
-en mi vida-
con las cartas y el ombligo boca arriba,
con los brazos abiertos
como si esta noche
me ofrecieras barra libre de poesía en tu pecho,
con las manos tan llenas de tanto
que me haces sentir que es el mundo el que me toca
y no la chica más guapa del barrio.

Te sientas
y lo primero que haces es avisarme:
No llevo ropa interior
pero a mi piel le viste una armadura.
Te miro
y te contesto:
Me gustan tanto los hoy
como miedo me dan los mañana.

Y yo sonrío
y te beso la espalda
y te empaño los párpados
y tu escudo termina donde terminan las protecciones:
arrugado en el cubo de la basura.
Y tú sonríes
y descubres el hormigueo de mi espalda
y me dices que una vida sin valentía
es un infinito camino de vuelta,
y mi miedo se quita las bragas
y se lanza a bailar con todos los semáforos en rojo.

Beso
uno a uno
todos los segundos que te quedas en mi cama
para tener al reloj de nuestra parte;
hacemos de las despedidas
media vuelta al mundo
para que aunque tardemos
queramos volver;
entras y sales siendo cualquiera
pero por dentro eres la única;
te gusta mi libertad
y a mí me gusta sentirme libre a tu lado;
me gusta tu verdad
y a ti te gusta volverte cierta a mi lado.


Tienes el pelo más bonito del mundo
para colgarme de él hasta el invierno que viene;
gastas unos ojos que hablan mejor que tu boca
y una boca que me mira mejor que tus ojos;
guardas un despertar que alumbra las paredes
antes que la propia luz del sol;
posees una risa capaz de rescatar al país
y la mirada de los que saben soñar con los ojos abiertos.


Y de repente pasa,
sin esperarlo ha pasado.
No te has ido y ya te echo de menos,
te acabo de besar
y mi saliva se multiplica queriendo más,
cruzas la puerta
y ya me relamo los dedos para guardarte,
paseo por Madrid
y te quiero conmigo en cada esquina.



Si la palabra es acción
entonces ven a contarme el amor,
que quiero hacer contigo
todo lo que la poesía aún no ha escrito.

domingo, 27 de enero de 2013

Será.

Será que por ir a contracorriente
hemos acabado mirando en la misma dirección,
que mientras la gente nos llenaba de excusas
tú y yo solo pensábamos en besarnos,
que justo cuando el mundo se quedaba sin palabras
nos llenamos la boca con acentos de otro mundo
y en cierto modo lo salvamos
-nos salvamos-,
y nos dio a nosotras en compensación.

Será que me levantaste la mirada del suelo
mientras tú mirabas al cielo
y el choque fue algo así como implosionar
pero de ti para mí,
y viceversa.

Será que me acariciaste así,
como si fuera de mi cuerpo
terminarán los límites de esta ciudad,
y quise quedarme a vivir en tus manos
más de lo que dura un beso.

Será que no nos esperábamos
y por eso ahora no nos vamos,
porque lo bonito de todo esto
es ver que la sorpresa sigue ahí
cuando abres los ojos.

miércoles, 23 de enero de 2013

Cualquier pérdida comienza en un reloj.

Ayer hubiéramos empeñado el minutero
al peor postor,
perder el tiempo juntas era ganarlo,
ganarnos;
pero nuestro fallo fue hacer planes para mañana
y no para hoy.

Ayer nos hubiéramos desnudado
sin dejar de mirarnos;
hoy las dudas y los secretos
se instalan en la almohada
y la necesidad de soñarnos
se iguala al miedo que produce
no poder dejar de hacerlo.

Ayer teníamos todo el tiempo del mundo
y hoy se nos han vaciado las manos de segundos.

Eso debe ser lo que significa perdernos:
dejar de pedirnos la hora.

Porque cualquier pérdida
comienza en un reloj.