lunes, 29 de enero de 2018

La lista de la compra.

Han pasado treinta días
desde la tarde en la que las cuentas dejaron
de hacerse hacia atrás,
treinta días en los que me he agarrado
a todo lo que dejé en casa cuando nos fuimos
y que encontré el día que volví sin ti,  
a todo lo que compré un día que
todavía vivías,
a todo lo que ya existía
antes de que tú dejaras de hacerlo:
los cartones de leche, el papel higiénico,
el champú de litro,
los paquetes de zumos para cuando el azúcar también
se queda corto,
el detergente de veintisiete lavados,
la sal normal, las bolsas de basura.

Todas esas cosas que uno compra
muy de vez en cuando porque duran mucho
tiempo sin estropearse.

Ahora, treinta días después,
todo va gastándose, golpe a golpe,
como la propia vida,
y apenas queda nada
de aquello,
pero yo ya no quiero volver al supermercado
a comprar de nuevo todas esas cosas
que duran mucho tiempo sin estropearse,
porque hasta lo más absurdo de esta casa contiene tu vida,
porque hasta lo más absurdo también se va muriendo,
porque no quiero volver a empezar
de nuevo,
no quiero volver a comprar cosas duraderas
en las que ya no creo,
no quiero volver a comprarlas
ahora que has muerto,
no quiero volver a empezar
una vida interminable

sin ti.

martes, 12 de diciembre de 2017

A los perros buenos no les pasan cosas malas

¿Lo recuerdas?
La nieve, un verde helado como nunca,
las botas hundidas, mi madre en el balcón observándonos jugar.

Reías, te prometo que fui capaz 
de escucharte reír,
saltabas y te hundías en la nieve,
y no entendiste nada,
y yo comprendí todo.

Es ese quizá el recuerdo más sencillo de todos mis años.

Aprendí de la vida 
que debía cuidarte, colocarme entre tu cuerpo y el mordisco,
oler tus silencios y el más mínimo gesto,
protegerte sin necesidad de un peligro, 
quererte entero y sin fisuras, sin errores, 
con la tranquilidad que da amar a quien te ama.

Aprendí de la vida a quererte de igual modo, 
a amar este equilibrio nuestro, 
la igualdad de latido, 
a confiar sin atender el tiempo
que tarda uno en encontrar la calma, 
a buscar lo urgente sin ninguna prisa, 
y a llegar a casa, 
y que mi casa sea mi casa porque tú me esperas, 
y que tu casa sea tu casa porque siempre vuelvo.

Aprendí de la vida 
a estar siempre alerta,
pero cuando vino a golpearte esa alarma no sonó,
cuando vino a castigarte no se escuchó nada,
cuando vino a herirte el silencio había perdido su olor,
y no fui capaz, mi vida, esa vez no fui capaz,
y a una palabra de mi boca estuvo de llevarte, 
a una única palabra de abandonarte, 
a ti, a tu ruido, a la mirada que me enseña, a mi casa, 
a una única palabra de arrancarte de mi lado.

Cuánto daño cabe 
en las heridas que no se ven.
Cuánto duele lo que no se merece.

Te llevé entonces conmigo, 
desoí el futuro y te llevé a otro sitio más amable,
tan diminuto, tan débil, tan hueso, 
te arropé con tres mantas 
y mis dos brazos tan escasos entonces, 
te abrigué con el tiempo, te cubrí con mi mantra
–a los perros buenos no les pasan cosas malas–, 
te guardé bajo este amor tan infinito, tan a cambio 
de nada y todo, te guardé bajo el amor, 
te velé, día y noche, semana y mes, te velé,
te prometí nieve y mar y sol si resistías, te prometí
lucha si aguantabas un poco más, un último esfuerzo,
acaricié todas las navajas que te perseguían, 
custodié mi sueño con el tuyo, paré mi vida porque mi vida
estaba enferma, me negué a seguir sin ti porque tus ojos
me pedían otra cosa, me pedían otra cosa, 
me negué a la muerte, la negué mientras te afirmaba a cada segundo.

Y tú me asentiste.

¿Escucharías la nieve? ¿Sería aquello suficiente para salvarte
igual que lo hizo conmigo?

Nos quedan tantos años, tantas batallas
y tantas victorias.
Quizás tengan razón y la muerte sea tu espada, 
pero yo soy tu escudo.



¿Puedes verlo?

Somos tú y yo, 
en la nieve, 

riendo juntos de nuevo.

domingo, 15 de octubre de 2017

INCANSABLE

Es sólo que el tiempo avanza,
como avanzan los trenes
en los raíles vacíos,
pero avanza también en quien no conozco,
en quien conozco y no distingo,
en quien distingo y no recuerdo,
en quien recuerdo y no conozco.

Es sólo que este tiempo que no es mío
crece a pasos agigantados sobre las canciones,
bajo las carreteras asfaltadas,
entre las palabras extranjeras,
dentro también de todo aquello
que no alcanzo a comprender.

Es sólo eso, mi vida,
este tiempo incansable,
y tus huellas que lo siguen,
y mis pies quietos, estáticos, incapaces,
deseando deteneros.

lunes, 14 de agosto de 2017

SAL DE TU HERIDA

Me saben los labios a la 
sal de tu herida.

Sal de tu herida, mi amor,
repetimos sin cesar, una y otra vez,
bajo esta idea nuestra de que las palabras
existen para salvar lo que se necesita.

Hoy puedo decirte que mi herida
yace tranquila al lado de un sol
que me recuerda al ciego instinto
por el cual seguí tus pasos,
ese que nos trae hoy
al lugar donde nos sentimos libres por primera vez.

La libertad está dentro de ti,
me dijiste un día,
y yo no lo entendí 
hasta que te vi a ti al otro lado.

Tu nombre fue la salida de mi casa,
tu nombre es la entrada a mi hogar.

Por eso sé que no me equivoqué:
incapaz de moverme, llegué a ti.
Imagina dónde pueden llevarnos mis pasos.

Hoy puedo decirte que mi herida
ya no tiene hambre,
amor,
que mi herida ya no quiere más, 
que mi herida sólo tiene sueño.

Las heridas se duermen, 
aunque lloremos de vez en cuando.

Escucho tu acento decir mi nombre 
y lo entiendo,
lloro sobre tus dedos mojados
y lo entiendo,
veo tus ojos cambiar de color al quererme cada noche
y lo entiendo,
te pronuncio en voz alta por primera vez
y lo entiendo,
río a tu lado y nada más, sólo eso,
y lo entiendo.

Hoy puedo decirte que sí,
que no me cabe duda, 
que afirmo lo siguiente con la misma fuerza
con la que aprieto tu mano por las noches:
volvería a pasar por el mismo abismo 
con tal de poder mirar juntas el mismo cielo.