domingo, 5 de marzo de 2017

Somos mujeres.

Miradnos.

Somos la luz de nuestra propia sombra,
el reflejo de la carne que nos ha acompañado,
la fuerza que impulsa a las olas más minúsculas.

Somos el azar de lo oportuno,
la paz que termina con las guerras ajenas,
dos rodillas arañadas que resisten con valentía.


Miradnos.

Decidimos cambiar la dirección del puño
porque nosotras no nos defendemos:
nosotras luchamos.


Miradnos.

Somos, también, dolor,
somos miedo,
somos un tropiezo fruto de la zancadilla de otro
que pretende marcar un camino que no existe.

Somos, también, una espalda torcida,
una mirada maltratada, una piel obligada,
pero la misma mano que alzamos
abre todas las puertas,
la misma boca con la que negamos
hace que el mundo avance,
y somos las únicas capaces de enseñar
a un pájaro a volar.


Miradnos.

Somos música,
inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,
luz en un lugar que aún no es capaz de
abarcarnos, vencernos, contenernos, habitarnos,
porque la belleza siempre cegó los ojos
de aquel que no sabía mirar.

Nuestro animal es una bestia indomable
que dormía tranquila hasta que decidisteis
abrirle los ojos con vuestros palos,
con vuestros insultos, con este desprecio
que, oídnos:
no aceptamos.


Miradnos.

Porque yo lo he visto en nuestros ojos,
lo he visto cuando nos reconocemos humanas
en esta selva que no siempre nos comprende
pero que hemos conquistado.

He visto en nosotras
la armonía de la vida y de la muerte,
la quietud del cielo y del suelo,
la unión del comienzo y del fin,
el fuego de la nieve y la madera,
la libertad del sí y el no,
el valor de quien llega y quien se va,
el don de quien puede y lo consigue.


Miradnos,
y nunca olvidéis que el universo y la luz
salen de nuestras piernas.

Porque un mundo sin mujeres
no es más que un mundo vacío y a oscuras.

Y nosotras
estamos aquí
para despertaros
y encender la mecha.

lunes, 23 de enero de 2017

El olvido como recuerdo.

Desde que te fuiste,
los días son más tranquilos.

Ha desaparecido el sobresalto,
el colmillo hendido en la espalda,
el ruido de todas las ambulancias.

Desde que te fuiste, también,
te recuerdo de otra manera.

Escucho tu risa en lugares en los que no estuvimos,
el aire me trae recuerdos que me golpean las sienes,
hay aullidos sin cuerpo que me sorprenden al quedarme sola.

No consigo acostumbrarme.

He cambiado el llanto anunciado
por lágrimas que me sorprenden en mitad de la carretera.

El otro día, pasé por esa calle que habitamos
cuando ser felices era cuestión de mirarnos a los ojos.
Vi dos sombras apoyadas sobre la encimera
de la misma cocina donde veíamos el futuro
sin necesidad de hacer ningún truco.

Pensé en todas las cosas que no he podido contarte.

Pensé, también, que jamás se abrazarían
como lo hacíamos tú y yo
cuando apretarse era algo más que buscar abrigo.

Recordé, después, aquel semáforo cuya luz
se proyectaba a través del balcón sobre tu cama,
esa que yo miraba mientras tú dormías
y sobre la que pensé escribir algún día un poema
que hablara de ventanas abiertas y de playas limpias.

Pero aquí estoy, sin embargo, escribiendo
que este no era el plan que trazamos,
que una vida sin ti es un mundo
lleno de recuerdos inexactos, incompletos, defectuosos,
una casa con dos sombras que no saben ya cómo quererse
y que se pierden en sus propias tinieblas
como un animal cuando tiene una pesadilla
y corre, y no se mueve, y gime, y no despierta.

Estoy en mitad de una carretera
donde me atropella, una vez y otra más,
este olvido que no es sino necesidad de recordarte,
y no quiero apartarme,
no vaya a ser que descubra
que el golpe ya no me hace daño.

martes, 20 de septiembre de 2016

Uno tarda su propia vida en comprender que ya no le aman

Uno tarda su propia vida
en comprender que ya no le aman.

Cuando por fin lo entiende entonces ya es tarde,
los puños se destensan,
el nudo se afianza y se acomoda,
el tiempo pasa lento como el vuelo de esos pájaros
que ya no llegan
y la vida parece un otoño que no termina de romper.

He de aprender a seguir, me repito,
tras esta barrera de barro y recuerdos.
He de hacerlo, me digo,
con las manos llenas de años.

No lo estoy haciendo mal, amor.
Mi madre me ve reír,
me dejo abrazar por el sol de la calle,
pienso en el mar a cada instante, pienso en él cuando me ahogo
y respiro, intento respirar, trato de controlar
el aire que me falta a veces
y otras veces lo consigo,
y pienso que te gustaría saberlo.

Sin embargo,
aún me asusta hablar de ti,
ponerte en boca de otros
y no tener ya ganas de besarla.

Estoy rota por dentro y no lo oculto.
Sé que pasará un tiempo hasta que puedas abrazarme
y no se te claven mis pedazos,
esta parte de ti hecha añicos aquí dentro.

Poco a poco voy comprendiendo este peso,
esta carga de nostalgia tremebunda que nadie logra sostener,
esta tristeza que tú entendiste y acariciaste
hasta que te miró de frente y la soltaste.

No te culpo,
es importante que lo sepas,
me hiciste dormirla durante tanto tiempo
que sigo creyendo que fuiste un milagro aunque ya no crea en la fe.

Sé que mi risa es una meta y mi tristeza el camino,
sé que ambas volverán a partir el mundo de alguien en dos,
pero ahora solo necesito cuidar de mí misma
y dejarme en las manos del tiempo que me acompaña siempre.

Porque a veces me río, amor,
y me acuerdo de ti
y pienso que te gustaría saberlo, que lo echarás de menos,
y entonces un pájaro se para en mi alféizar y me tiende un ala.

lunes, 4 de julio de 2016

El vuelo venció al viento.

No voy a decirte entre palabras
lo que se suele, en estas ocasiones:

que estaré bien, que el dolor
solo será un ave de paso,
que pronto dejará de importar
que alguien sople sobre
tu herida abierta
y sobre mi nombre agrietado,
que mataré al que te remate,
que me haré a un lado y dejará de llover
en tus caminos, y dejarás de caerte
en mis vacíos,
y volverás a ser la dueña de todas las montañas.

Sé que una vez fui suficiente
y ocupé todos tus paisajes.

Sé que me sacaste del agujero y me
llamaste luz
–con estas mismas manos
con las que hoy me devuelves–.

Sé que jugamos a ser
ciegas y supimos volver a casa,
y nada entonces sería capaz de derrotarnos nunca,
pensamos,
ciegas de amor y borrachas de fuego.

Sé que otra casa te habitará y no será
mi abrigo el que descuelgues.
Sé que mi llanto pronto dejará de tener nombre de mar
y este abecedario nuestro se descolgará de las paredes.

Sé que me esperaste
inmersa en tu reloj y en tus deseos,
y no me concediste ni un segundo
cuando el tiempo me adelantó.
Sé que no aparecí,
sé que ya no estabas detrás de la puerta.

Sé que me colocaste enfrente,
que quisiste volver antes de irte,
que te paralizó el miedo
y no supiste hacerlo.

Sé que me fui
antes de ver cómo no volvías,
como también
sé que el vuelo venció al viento.

Sé que no seré capaz de decirte nada
porque me duele esta voz
que ya no te nombra de la misma manera.

Sé que no seré capaz de ponerme delante
porque siempre antepuse tus pies a mi camino,
porque siempre he amado tu manera de andar por el mundo:
libre de obstáculos,
libre de caídas,
libre de suelos —dos centímetros por encima del aire—,
libre, ahora, de mí.

Sé que te echaré de menos con los huesos
y el silencio,
que le hablaré a un fantasma de tu carne
hendida en las sombras,
que recorreré con estos dedos desgastados
la silueta de tus huellas,
que no encontraré respuesta a mi pasado
y que nadie sabrá, como hacías tú,
calmar este pinchazo y llevarme al mar en un espejo.


No será tan distinto amarte y olvidarte,
no lo será.


Sé que pronto dejará de pasar nada,
que este mar me traerá las mismas olas,
que estas malditas palabras ocuparán cada frase
y pronto no tendré nada que contar
que no hable de esta soledad obligada,
de este agujero inesperado,
de este abandono tuyo tan frío y distante,
de este dolor que me encierra con llave el alma,
de este vacío irreparable donde ya no cabe nadie.

Pero no,
no voy a decirte lo que todo el mundo ya sabe.

La única manera de vaciarse de amor
es llenándose de silencio.


jueves, 9 de junio de 2016

Voy a prenderte fuego.

Voy a prenderte fuego.

Pero no, no será ese fuego nuestro
que nos calentaba las manos en las tardes eternas
ni tampoco ese que nos prendió el cuerpo
en aquel septiembre y excusó el frío.

No será el fuego en el que ardimos juntas
como los deseos en papel
ni aquel que marcó siempre nuestra vida
y ahora escondo en mi espalda para no ver la cicatriz.

De ese fuego ya no queda nada, no,
si acaso un recuerdo futuro que jamás tendrá nombre,
polvo que me ensucia las manos secas,
el dolor de las manos sumergidas en el agua helada.

Voy a prenderte fuego
en este infierno de llamas congeladas
solo para ver, mi amor,
quién de las dos se consume antes.


martes, 24 de mayo de 2016

El tiempo en un reloj de arena.

Quisiera huir ilesa del espejo
roto,
ser el pulso que descansa en la almohada
blanca,
llamarte sin miedo a que no lo cojas
nunca,
mirarme desde cerca y encontrarte
lejos.

Quisiera perder el miedo a este miedo
intacto,
sacar corazón y guardar bandera
al otro lado,
decir alto tu nombre y no encogerme
asustada,
pensarte como sueño y no una trampa
injusta.

Pero mis manos se abren y no hay nada:
solo arena que se cae por mis dedos,
temor a no volver a ser quien era,
como el tiempo en los relojes,
como tus besos en este desierto
de sed.

Y con la valentía de un pájaro
herido
escojo quedarme y esperar:
me resisto porque tu hueco es un precipicio
y mis alas necesitan descanso.

martes, 17 de mayo de 2016

El desierto de mi isla

Soy una isla.

Todos quieren llegar,
traerse un libro,
algo de comida
y un amor.

Imaginan los árboles,
piensan en el mar que no se vacía,
son capaces de tumbarse sobre
mi arena
y dejarse ser por completo
porque es terriblemente sencillo:
en mí no existen los espejos,
cuido con esmero la contracción del paisaje,
acaricio el pasado y los errores ajenos,
marco el camino y no el tesoro
y me mantengo siempre estática,
sin hacer ruido, sin causar peligro,
esperando el golpe con las palmas abiertas.

Es fácil querer llegar.
Querer quedarse es igual de fácil
que ahogarse en una gota
de agua.

Es así: todos quieren llegar
y, sin embargo,
todos quieren irse
en el momento en el que llegan.

Quizá sea por el olor a polvo que me cubre,
por el viento que va dejando partes de mí
en cada trozo de tierra que piso
y me devuelve incompleta a la orilla,
por el cansancio de mis ojos
que siempre están en otra parte
o, quizá, porque nadie quiere vivir
en un lugar deshabitado.

Nadie quiere estar en una isla desierta
cuando se hace de noche.