viernes, 4 de octubre de 2013

Lugar, casa, hogar.

Camino por una ciudad
que ya no me habita.

La toco descosida,
le
salen
hormigas
de los ladrillos de las paredes,
suenan alarmas
y ya no responden sirenas
-si acaso le han salido hormigueros
en cada jardín-.

Juraría que todo está cambiado.
Juraría que antes aquí
había mar.
O cielo.

Juraría que yo sobrevolé esta ciudad
con más alas
que años.

[...]

Cuando uno se marcha,
se da cuenta de que hogar no es de donde vienes
ni a donde vas.
Llevamos la casa a cuestas,
y a veces son tan empinadas y estrechas
que la abandonamos a mitad de camino.

Por eso,
cuando nos perdemos a nosotros mismos
cuesta tanto sentirse a salvo.

Cuando uno se marcha
y vuelve al tiempo,
lo hace con otro color de ojos,
con un peso diferente en las manos,
con un sabor distinto en la espalda,
con un corazón que late en emigrante.

Cuando uno se marcha
y regresa,
se encuentra con un lugar maquillado y extraño,
una ciudad puesta en gala para otros,
como esa chica a la que rechazamos
y se vuelve, de repente,
un ser precioso y no apto para nosotros.

La relación entre un emigrante voluntario
y su ciudad de origen
es como la de una pareja que creció junta
y quiso amarse toda la vida para abandonarse después:
los residuos de un amor que se presentaba eterno
y de una ruptura que se declaró inevitable.


[...]

Ni todos los lugares de los que uno se va
se pausan
ni todas las personas que uno abandona
se quedan.

Pero a ti podría decirte
que haré de cualquier lugar que lama tus huellas
tu hogar.

A ti podría decirte
que si algún día me abandonas
me colocaré delante,
justo en ese preciso lugar
que no te permita nunca
mirar hacia atrás con pena.

A ti podría decirte
que has de saber que ya ocupas mis ojos,
que llevo tu risa incrustada en mis arterias,
que no hay lugar en mi cuerpo en el que no quepa tu pena,
que cuando no tengas un sitio al que volver
pienses que tienes abiertos todos mis huecos.

A ti podría decirte
que si un día te sientes perdida
dentro de ti misma,
daré con la solución a tu laberinto
abriéndome el pecho
y poniéndote delante,
justo en ese lugar donde hablo tanto de ti
que no te costará esfuerzo reconocerte
y volver a encontrarte.

A ti podría decirte
que para mí
cualquier lugar
es mi casa
si eres tú
quien abre
la puerta.






9 comentarios:

Jorge Ampuero dijo...

Certero remate final para el poema.

Saludos.

lunáticasuicida dijo...

Una vez me dijeron que no debemos volver al lugar donde fuimos felices, no sé si tiene que ver, pero lo has traído a mi memoria.
Como siempre, grandes palabras, gran poema.

Manuel Parra dijo...

La lealtad a un sentimiento,
que no dejaras escapar
ni con el mas fuerte viento.

Gracias por esas palabras, me declaro fan de tus versos.

Saludes y éxitos.
@Dwarf_67

g dijo...

Yo también soy de eternas lealtades, y ciertas, y vinculantes.

Lo mejor que he leído en tiempo.

Elendilae dijo...

Me encanta ese final. Me quedo con él para esta noche de domingo...

Un beso

Cé. dijo...

El hogar lo hacen las personas, no los lugares.
Adoro tu forma de escribir.

Forgotten words dijo...

Bellisimo poema, indescriptible lo que hace sentir.. gracias por compartirlo es lo único que me sale

cattivone dijo...

Me he acordado de mi pueblo y de mi familia al leerlo.... gracias

Dumaris Ordoñez dijo...

Imposible no recordar el lugar que lo vio crecer a uno y ahora, luego, solo nos recibe como visitantes.