
Sentí cómo mi corazón se quemaba, cómo el reloj que lo aceleraba desaparecía, cómo confundía cada suspiro con fuego. Sentí que necesitarte y no tenerte conmigo era peor que morir, me sentí ridícula a cada paso que daba sin ti, pues si tú no eres mi meta entonces no hay camino, sentí no saber, no poder, no llegar a ti... Sentí deshacerme cada noche sin poder hablarte, sentí precisar de tu risa más que nunca, de tu abrazo fuerte, de la calma que siempre me transmites... Sentí quebrarse mi voz, ahogarse mi garganta y quemarme hasta la mirada. Sentí que las lágrimas sólo conseguían alejarme de todo, y que no te vería tras secármelas. Sentí echarte tanto de menos que sólo respirar me hacía daño. Sentí desfallecer sin ti... Pero entonces viniste a por mí, me abrazaste y no dijiste nada más, me dejaste respirarte, volverte a sentir, esta vez a ti, y todo pasó, todo se borró, y yo viví en tu cuello, feliz de nuevo, consciente de que siempre acudirías a salvarme...
Ciento noventa y un mil besos




